Rompecabezas.

“Whoever you want to become, I am only here to clear your path”.

(Autor Jayson Greene a su hija recién nacida, Greta).

Hace tres años anuncié mi relación con un chico. “Sigo siendo la misma persona”, “ojalá no cambie su forma de verme” y “espero que las cosas se mantengan igual”, eran algunas de las frases que plagaban el discurso que practicaba en mi cabeza. Resultaba que la urgencia de mantener intacta la aceptación de los míos era más grande que la de presumir ese nuevo amor que había encontrado. Pensar que una noticia como ésta pudiera afectar el flujo de cariño que había recibido hasta ese momento era un pensamiento paralizante. Mi defensa estaba tan puesta que cuando di a conocer la noticia, y encontré completa aceptación, no supe qué hacer con todos esos escudos que me había puesto. Mi entorno no sólo “estaba bien” con mi decisión, sino que estaba dispuesto a hacerme el camino más fácil. Tres años después, quito los últimos ladrillos de esa fortaleza y termino de abrazarme por completo.

Quererse como uno merece siempre será un proceso complejo, pero si llegué a este punto donde basta mirar hacia adentro para encontrar el amor que necesito, es porque mi entorno cumplió su promesa de hacerme el camino más fácil. Decidir intervenir en un camino ajeno debería estar motivado únicamente por las ganas de reducir en el otro la confusión, la tristeza y el desánimo. Eso fue exactamente lo que mi círculo hizo por mí. Ser aquel que le hace la vida más fácil al otro y le enseña a quererse un poco más, debería ser nuestra aspiración más grande como seres humanos. Puede que creamos que la otra persona necesite discreción en sus puntos de vista, reconsideración de una preferencia, moderación en sus ademanes o selección más prudente de su ropa, pero a veces, sólo tenemos que tragarnos nuestros impulso de hablar para darnos cuenta que la mejor manera de acercarse es escuchando.

Apenas empecé a sentirme cómodo con todo lo que era, muchas cosas empezaron a tener sentido. Mis pensamientos, mis relaciones, mis escritos, mi mente… Todos ellos se volvieron más honestos y más brillantes. Nos hacen creer que nuestra sexualidad debe estar enterrada debajo de capas y capas de culpa cuando es el parámetro con el que codificamos gran parte del mundo. Salir de tu casa con todas tus piezas puestas hace que todo lo que entregas y recibas sea más genuino. Las ganas de demostrarle mi afecto con un beso, la negativa a detener un ataque espontáneo de risa, la necesidad de hacerle frente a la injusticia y la inclinación a emocionarme con aquello que encuentro bello, son piezas que he aprendido a revalorar y a colocarles la etiqueta de indispensables. No creo que exista una manera correcta de vivir la vida, pero vaya que la más sencilla es esa en la que eres todo el tiempo.

Darme cuenta que la aceptación ajena ha dejado de sentirse urgente porque tengo propia de sobra ha sido el regalo más grande de estos últimos tres años. Desafortunadamente, a medida que mi conocimiento de la comunidad LGBT+ crece, puedo ver mi historia como una excepción y no como una regla. Mucha gente sigue empeñándose en empujar una agenda que va en contra de todo eso que necesité para llegar a este lugar de autoaceptación: empatía, aliento, respeto y apoyo. A estas alturas ya no se trata únicamente de tolerar sino de entender que todos merecemos el mismo trato. Afortunadamente, en esa misma comunidad me he encontrado a grandes personas que, no sólo me han inspirado a apreciar cada uno de mis detalles, sino a tomar acciones más concretas para llegar a ese punto donde ser uno mismo sea la única manera de ser. Abrazarnos enteramente tiene que dejar de tomar tres años. Salir de casa con tu rompecabezas completo tiene que ser la norma. Asumir una sexualidad tiene que dejar de asociarse con culpa. Expresar un amor libremente tiene dejar de ser un privilegio. Defender estas cosas tiene que ser la causa de todos nosotros.

Completos.

Comunar.

Hace un par de meses empecé a escribir un texto que hablaba sobre mis ganas de aprender a conectar mejor con las personas. Un evento desafortunado vino a contradecir ese texto original y hacerme querer escribir sobre lo contrario. Al final, decidí terminar ambos textos y luego intercalar sus párrafos para ver qué pasaba. Los párrafos de ese primer texto optimista están marcados con una esfera azul esperanza ( 🔵) y los del segundo texto más negativo con una esfera rojo alarmista ( 🔴). He aquí el resultado…

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Cuando nuestra relación estaba pasando por un momento difícil, Internet me regaló una de esas alegrías que provocó nuestra reconciliación. Se trataba de un video que alguien compartió en Twitter donde un grupo de pasajeros bailaba ‘Dancing On My Own’ de Robyn en el metro de Nueva York. Como si se tratara de ese momento de la fiesta en que suena la canción que todos tus amigos conocen, este grupo inauguró la celebración más épica de todas sin tener idea de quién era la persona que tenían al lado. Después de repetir el video unas seis veces, empecé a preguntarme porqué estaba tan fascinado y la respuesta tenía que ver menos con la canción -que es de mis grandes favoritas- y más con el fenómeno de extraños teniendo un momento espontáneo de comunión. En mis años por esta tierra nunca había presenciado algo similar al punto de darme cuenta que ni siquiera existía una palabra para definirlo. Fue así como di con el término “comunar”. Pensé que si al menos tenía una palabra para referirme a ello, podía empezar a buscar maneras conscientes de provocarlo.

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Hace un par de semanas me convertí en esa víctima de la delincuencia que muchos presumen ser últimamente. El modus operandi fue notable: gente te saca el celular en el metro en medio de un tumulto provocado por ellos mismos, gente usa métodos que aún desconozco para adivinar tus contraseñas, y gente vacía tu cuenta bancaria dejándote en ceros absolutos. Nunca había vivido en carne propia la distancia que un ser humano puede recorrer para chingar a otro, y aunque sé que muchas personas lo sufren a niveles mucho más graves que el mío, no pude evitar sentirme terriblemente desamparado. De repente, mi entorno se miraba tan hostil, y la posibilidad de aspirar a la seguridad que hasta ese momento había dado más o menos por sentada, se sentía bastante lejana. De entre todas las cosas culeras que sentí ese fin de semana, la más intensa de todas fue el rencor hacia esas personas que, hasta ese momento, había creído que estaban de mi lado.

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Lo acepto; resulta un tanto ingenuo comunar cuando hemos comprobado los beneficios de hacer lo contrario: viajes en taxi en perfecto silencio, espacio personal protegido y garantía de seguridad un poco más grande. En una ciudad donde pareciera como si tuviéramos que mantener la distancia para evitar agarrarnos a vergazos, este aislamiento es una decisión que tomamos tanto por convicción como por necesidad. Lo malo del enfoque de creer que ‘todos son villanos queriéndonos matar’, es que nos está obligando no sólo a identificarlos sino a inventarlos. Porque aunque dentro de esta multitud haya gente que a) quiera chingarnos o b) le valgamos verga, siento que nos sorprenderíamos del porcentaje que c) estaría dispuesto a reconocer nuestra existencia. Viniendo de un antisocial declarado, no me es tan difícil encontrar el atractivo de salir a la calle con la opción “c” en la cabeza y acumular una serie de conexiones que jamás hubiera sospechado que estaban a mi disposición.

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Sin querer, después de mi asalto empecé a caminar con las manos en las bolsas;  una aferrada a la cartera y otra al celular. Me dediqué a adivinar caras peligrosas que quisieran lanzarme un ataque y regresarme al nivel de partida; de un momento a otro, cada recorrido se había convertido en un juego de resistencia en el que tenía que ir sorteando obstáculos hasta alcanzar un lugar protegido. A esas alturas, me había reclamado lo suficiente como para tener claro qué había hecho mal y hacerme la promesa de pulir mi defensa hasta que la posibilidad de ser vulnerable se volviera inexistente. Este camino a la protección absoluta, provocó mentadas de madre de todos aquellos que tuvieron que soportar mis precauciones injustificadas como abrirme paso a base de empujones o reaccionar con hostilidad cuando sentía una presencia cercana. Al final, descubrí que era imposible salir completamente ileso y que querer dominar a todos tus enemigos era una misión destinada al fracaso.

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En algún lado leía que, a pesar de que un árbol pareciera ser independiente al de al lado, en las profundidades ambos están compartiendo información sobre su entorno a través de las raíces. Me gusta pensar que los seres humanos compartimos este mismo nivel de conexión oculta. Las personas con quien comparto un vagón de metro todos los días pueden sentirse tan lejanas o cercanas como quiera; pueden ser esa masa uniforme que me aplasta contra la ventana o esos individuos a quienes también van a cagar en el trabajo por llegar tarde. Si las cosas fueran diferentes, tal vez me pudiera voltear al señor que no deja de mirar su reloj con frustración y decirle “ya valió madres, ¿no?”, a lo que él me respondería “sí, joven, pinche metro culero”. Entonces, esa conexión oculta se haría evidente y ambos nos sentiríamos menos abandonados. Desafortunadamente, nuestra realidad se ha encargado de desaparecer la idea de que la empatía está disponible en gente que no conocemos y que para curarnos debemos esperar hasta estar rodeado de los nuestros.

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Para bien o para mal, la temporada de Alejandro Lugo vs. The World llegó a su fin. Al final, la precaución dio pie a la practicidad cuando me di cuenta que tenía que sacar el celular para cambiar de canción, la desconfianza dio pie a la amabilidad cuando me encontré a alguien llevando un cachorro labrador en su mochila, y la alerta dio pie a la pereza cuando comprobé lo cansado que era mantener la guardia puesta todo el tiempo. Si tenía que aguantarme las ganas de acariciar a un perrito que me hacía fiesta con tal de no exponerme, prefería entregar mi tarjeta con su respectivo NIP al primer voluntario. Fueron esas tremendas ganas de regresar a ser yo las que terminaron reconciliándome con mi espacio y las personas que lo habitaban. De ninguna manera estaba perdonando pero tampoco estaba buscando pretextos para desquitarme. Ahí estaba el primer paso de lo que se convertiría mi regreso a esta normalidad tan anormal que habitamos.

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Pasar del optimismo de querernos ver cantar en perfecta armonía a las ganas de querer que todos se fueran a la verga fue una experiencia interesante. El destino final de mi viaje de las últimas semanas fue un punto intermedio en el que sigo caminando con las manos en las bolsas pero con la cabeza dispuesta a creer que no todos somos horribles personas. Esta ciudad te engulle completo y te escupe hasta que queda satisfecha, pero saber que nos engulle a todos juntos es un sentimiento que recién descubro es más reconfortante que desolador. En este casco de acero que nos ponemos todos los días para sentirnos más seguros, cabe un par de agujeros por los cuales no sólo identificar a la persona que quiere robarte sino a la persona con la que puedes conectar significativamente. Es en esos momentos cuando podemos aspirar a otra cosa que no sean los intercambios mediocres a los que estamos acostumbrados y comunar aunque sea en pequeñas dosis: observando, preguntando, auxiliando… Ya si no se cumple mi fantasía de ver a un grupo de extraños cantar sin razón alguna los coros de ‘Querida’ de Juan Gabriel en el andén de Metro Mixcoac, reconocer que la otra persona es algo más que un maniquí creado para jodernos la vida es un gran primer paso.

Más que maniquíes.

2018 Stars.

Ocho de las cosas que hicieron mi año más placentero, colorido y humano, además de mi cabeza un lugar más interesante para estar. Cada vez siento que la necesidad del arte es más grande en mi vida, y hasta ahora sólo tengo dos suposiciones de por qué. Una es porque conforme creces dependes más de otros estímulos para sentir algo, y la otra porque tienes más tiempo para relajarte y apreciar las cosas como se merecen. De cualquier forma, estoy agradecido con estas ocho cosas -que no están enlistadas en ningún orden- y a las que estoy seguro regresaré cada vez que sea necesario.

1. Kali Uchis

Quote: “So if you need a hero, just look in the mirror”.

Anécdota: Kali Uchis llegó a mi vida gracias a la curiosidad que hizo que Sandra y yo nos acercáramos a verla en el Vive Latino. No sólo quedamos complacidos sino cautivados. Un mes después llegó el disco -joya enorme de principio a fin- y otros tantos más, un segundo concierto en El Plaza -celebrando cada vez que Kali Uchis hacía cualquier cosa. Incluso en una peda alguien la dejó puesta casi dos horas y a nadie pareció importarle. Dos conciertos, un disco y una peda. Ningún artista había tenido tanta presencia en mi vida en un solo año y qué chingón que haya sido ella.

Evidencia: Mi canción favorita de ella con un gran video como compañía.

2. Spider-Man: Into the Spider-Verse

Quote: “Anyone can wear the mask. You can wear the mask”.

Anécdota: Nadie espera que una película que viste un día antes de que se termine el año se cuele en una lista como ésta. Te estoy viendo a ti, Spider-Verse; mi quijada sigue ligeramente abierta y mi cerebro terminando de procesarlo todo. Hacer algo que nunca antes se había hecho debe ser una tarea complicada, pero me gusta vivir en un mundo donde exista gente dispuesta a hacerlo. Porque cuando abres la posibilidad de que un protagonista sea de cualquier etnia, a que puedas combinar tantos estilos de animación como quieras y a que replantees la historia que creías escrita en piedra, abres la posibilidad para los demás, y entonces sí, todos podemos usar la máscara.

Evidencia: Si es en un cine con una pantalla gigantesca, mejor.

3. BoJack Horseman – “Free Churro”

Quote: “I see you”.

Anécdota: Recuerdo que me tomó diez minutos aceptar que este capítulo se iba a tratar en su totalidad de BoJack Horseman soltando un monólogo en el funeral de su mamá. Nunca había visto algo así, y sólo estaba esperando el momento en que todo se cayera y se volviera tedioso. Nunca pasó. La relación con nuestros padres, la frustración de no poder conectar, los traumas que surgen a raíz de esto, el miedo de no saber cómo continuar… Así de intensa es la experiencia.

Evidencia: Netflix, we. Capítulo seis, temporada cinco. Acá abajo les dejo un análisis que se me hace increíble sobre el tema más grande de la temporada: la soledad.

4. Concierto de Lorde @ Corona Capital

Quote: “I’m waiting for it, that green light, I want it!”

Anécdota: Es extraño ver cómo lo que significa tanto para ti también significa algo para otra persona. Escuchar a Lorde ha sido una experiencia en solitario -a excepción de cuando intento forzarla en la peda- así que es fácil creer de que su música sólo existe cuando la pongo mientras corro. Fue por eso que encontrarme a la fan que gritaba las letras de ‘Supercut’ con más ganas que yo, escuchar una canción tan “en mi cuarto con audífonos” como ‘Ribs’ rodeado de miles de personas y ser parte de una masa de cuerpos eufóricos saltando al mismo tiempo en ‘Green Light’, fue una experiencia tan reveladora. Resultaba que Lorde no sólo me ayudaba a conectar conmigo mismo sino con otros seres humanos en el que fue tal vez el mejor concierto de mi vida.

Evidencia: Alv, el concierto completo.

5. The Good Place (Temporadas 1-3)

Quote: “Principles aren’t principles when you pick and choose when you’re gonna follow them”.

Anécdota: Desde que empecé a ver esta serie, pensé que algún día me gustaría ser tan brillante como la gente que la escribe. No sólo encontraron la forma de hacer que la vida después de la muerte sonara divertida (y lógica), sino que no les importaba mandar todo al carajo de vez en cuando y explorar caminos cada vez más arriesgados para contar la misma historia. Además están esos personajes: Eleanor la mejor peor persona del mundo, Chidi el maestro que no tiene idea de nada, Janet la entidad cósmica en crisis, Tahani la perfección que se desmorona… Al final, la serie trata de lo complicado que es ser una mejor persona en un lugar como éste, y en ese proceso tan doloroso, uno también va sumándose sin darse cuenta.

Evidencia: Netflix, nuestro pastor. De cualquier forma, dejo una recopilación de mi gag favorito de la serie: Tahani mencionando de manera casual a todas las celebridades que conoce.

6. ROMA

Quote: “Me gusta estar muerta”.

Anécdota: The mame was strong with this one. Afortunadamente, estamos a un mes de distancia en el que puedes decir que te gustó Roma y no sonar como un ser despreciable. Incluso me voy a aventurar a seguir hablando al respecto, y decir que esta película se ganó un espacio en mi corazón porque no sólo me regaló una imagen más clara de mi país sino de mi lugar como mexicano. Desde cómo México canta para dormir y se junta para comer, hasta cómo sigue siendo profundamente racista y clasista. Es así como Roma se vuelve una fotografía que muestra la tragedia mexicana pero con suficiente luz como para querer hacer algo para cambiarla.

Evidencia: Ya tú sabe dónde. Acá abajo un fragmento de una muy buena entrevista que le hacen a Alfonso Cuarón.

7. Mitski – “Be The Cowboy”

Quote: “I know I’ve kissed you before but I didn’t do it right. Can I try again?”

Anécdota: Verme reaccionar tan positivamente a letras como “Somebody kiss me, I’m going crazy” o “I’ll take anything you wanna give me, baby”, me hizo pensar que esa estabilidad emocional que creía tener era mero espejismo. Pero si algo me enseñó este disco, y es la razón por la que lo amo tanto, es que hay algo de liberador en exponer el cagadero de vez en cuando y sentarte a analizarlo desde afuera. Al final, es lo que dicen los que saben de la mente: para crecer primero tienes que confrontar. Lección aprendida, Mitski.

Evidencia: La que viene siendo mi canción favorita de este año.

8. Call Me By Your Name

Quote: “But to make yourself feel nothing so as not to feel anything… What a waste!”

Anécdota: Fui a ver esta película con Ile el día que se estrenó y ambos recibimos la golpiza emocional en medidas más o menos iguales. Aunque todos sentimos de maneras diferentes, el primer amor es un recuerdo en el que más o menos todos podemos estar de acuerdo. Sea homosexual o heterosexual, el viaje por ese terreno que hace paradas en el deseo, la frustración, la impulsividad, el dolor y la felicidad, es el mismo. Siempre intermitente. Siempre impredecible. Esta película lo captura de manera increíble, y aunque termina con una mirada desconsolada al fuego, deja entrever sanación y la posibilidad de intentarlo de nuevo.

Evidencia: Para ilustrarlo un poco, la canción principal de la película.

BONUS

Mi video viral favorito del año 😉

Cinco Cuartos.

Estar en tu cuarto es estar sin tener que ser. Es completa libertad por más reducido o ausente de ventanas que sea. Mucho de lo que hacemos existe porque llegó a nuestra cabeza mientras teníamos la mirada perdida en el techo. En los cinco cuartos que he habitado me he encontrado conmigo todas las noches y una que otra mañana. Una cama, un espejo, y un clóset. Una cama, un espejo, un clóset, y yo.

Cuarto de mi infancia: jugar.

1989-2001

Todo empezó con intentar fugarme de mi cuna. Cenar en mi cama un sándwich de cajeta y leche con azúcar. Pijamas de felpa. Dolores de oído que me hacían llorar. El sonido de la televisión en la sala. ‘How Deep Is Your Love’ de The Bee Gees. ‘Somebody to Love’ de Queen. Mi mamá metiendo ropa limpia en mis cajones. Mi papá tocando la puerta para que me apurara. Encerrarme porque no me compraron un juguete. Ponerme el uniforme con los ojos todavía cerrados. ‘Baby One More Time’ de Britney Spears. ‘Just My Imagination’ de The Cranberries. Amanecer con una moneda de diez debajo de la almohada. No poder dormir cada cinco de enero. Platicar con mi hermano hasta que el primero se quedara dormido. Verlo abrirse la rodilla saltando en la cama. Verme abrirme la cabeza con la orilla del buró. Contarle sobre Harry Potter. Contarle sobre los Reyes Magos. Grabar una película sobre nuestros juguetes. Grabar otra sobre un monstruo hecho de sábanas. Dormir profundo. Despertar feliz.

Cuarto de mi adolescencia: sentir.

2001-2013

Tener mi propio cuarto. Escribir cartas de amor. ‘Don’t Speak’ de No Doubt. ‘My Immortal’ de Evanescence. Escuchar música demasiado alto. Cambiar mi cama de lugar tres veces. Llorar después de romper con Ana. ‘Mr. Brightside’ de The Killers. ‘Helena’ de My Chemical Romance. Pegar pósters de mis bandas. Mi mamá metiendo ropa limpia en mis cajones. Mi mamá tocando la puerta para que me apurara. El Amor en los Tiempos del Cólera. La Sombra del Viento. Abrir un blog. Escribir mi primer cuento. Escribir sobre mi perro Falcon. Tirarme en la cama después de nadar. Tirarme en la cama después de tomar vodka. Escuchar ‘Cómo te Voy a Olvidar’ en una fiesta en la calle. Leer el último libro de Harry Potter. ‘Wake Up’ de Arcade Fire. ‘Cheated Hearts’ de los Yeah Yeah Yeahs. Recuperarme de mi cirugía de muelas. Recuperarme de influenza. La Casa de los Espíritus. Cien Años de Soledad. Revisar folletos de carreras. Estudiar para salvar Contabilidad de Costos. Estudiar para salvar Matemáticas Financieras. Mandar mi book a Young & Rubicam. Llorar cuando se murió Falcon. Llorar después de romper con Cesiah. Dejar subir a Kala a mi cama. Quitar los pósters de mis bandas. Vestirme para mi primera entrevista. Dormir ilusionado. Despertar emocionado.

Cuarto fuera de casa: confrontar.

2014-2015

Extrañar tener ventanas. Sentir claustrofobia. Dormir en un colchón de Cars. Meter ropa limpia en mis cajones. Depender de mí para levantarme. Darle asilo a mis amigos de la secundaria. Esconderme de mis roomates. Cenar en mi cama un sándwich de cajeta. ‘The Moon Song’ de Karen O. ‘Seasons (Waiting On You)’ de Future Islands. Colgar cuadros en mis paredes. Extrañar a mi familia. Barrer polvo. El Héroe Discreto. El Padrino. Intentar disimular un mal corte de cabello. Preparar mis cosas para mi primer medio maratón. Armar mi playlist para Coachella. Acostumbrarme a estar solo. Tener la idea para una novela. Tener la idea de irme a Irlanda. ‘Future People’ de Alabama Shakes. ‘I Love You, Honeybear’ de Father John Misty. Dormir indeciso. Despertar ansioso.

Cuarto fuera de mi país: conocerme.

2015-2016

Sentirme fuera de lugar. Compartir cuarto con alguien que escupía en el suelo. Encontrar una mancha de humedad en el techo. Prender la calefacción. Extrañar a mi país. Estornudar. ‘When We Were Young’ de Adele. ‘Magnets’ de Disclosure con Lorde. Googlear cosas qué hacer en dublín. Tener una entrevista por Skype. Empezar a escribir mi novela. Videollamar a mi mamá en mi cumpleaños. Videollamar a mis amigos en Navidad. De Perfil. Dubliners. Pasar perfiles en Tinder. Ponerme mi uniforme de vendedor con los ojos cerrados. Administrar doscientos euros para un mes. Tener un cuarto para mí solo. Ver Parks and Recreation con Lucas. ‘Ultralight Beam’ de Kanye West. ‘Drive It Like You Stole It’ de Sing Street. Abrir un segundo blog. Escribir sobre Irlanda. Escribir sobre mi trabajo. Room. At the Mountains of Madness. Emborracharme con Halenia. Cenar en mi cama un huevo de pascua. Planear un viaje a Giant’s Causeway con Ile. Ver Unbreakable Kimmy Schmidt con Aodhán. Hablar en sueños. Sentirme en casa. Dormir abrumado. Despertar orgulloso.

Cuarto de adulto: reflexionar.

2016-Presente.

Extrañar Irlanda. Videollamar con Aodhán. Acostumbrarme a la luz del sol. Matar mosquitos con mi almohada. Reempezar mi novela por segunda vez. Harry Potter and The Cursed Child. Como Agua para Chocolate. Cenar en mi cama un sándwich con cajeta. Shut Up Kiss Me’ de Angel Olsen. ‘No Woman’ de Whitney. Ver Marea Roja con Aodhán. Escuchar Frank Ocean con Aodhán. Preparar mis cosas para mi primer maratón. No poder dormir por cenar tacos. Despertar con cruda de Bacardí. Gritarle a mi roomate que se callara. Darle asilo a mis amigos de la secundaria. Poner ropa limpia en mis repisas.  Practicar irlandés en Duolingo. Escuchar Melodrama de Lorde. Buscar mis chanclas durante un temblor. Never Let Me Go. Call Me By Your Name. Llorar con ‘Time’s Arrow’ de BoJack Horseman. Ver Sing Street con Aodhán. Practicar español con Aodhán. Responder los mensajes en mi grupo familiar. Reempezar mi novela por tercera vez. Imaginar escenarios futuros. ‘Green Light’ de Lorde. ‘New York’ de St. Vincent. Hacer mi cama antes de salir de fiesta. Escoger quedarme en vez de salir. Escoger salir en vez de quedarme. Escoger un escenario futuro. Dormir profundo. Despertar feliz.

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Señor Sueño.

Hace un par de años empecé pegar mi lista de propósitos en mi espejo. En ese lugar donde intento que mi cabello tenga sentido todas las mañanas, está el recordatorio de los libros que tengo que leer, las carreras que tengo que correr y las páginas que tengo que escribir. No es sorpresa que la relación que tengo con esa esquina de mi espejo sea un tanto ambigua y hayan días en los que la vea como mi fuente de inspiración, y otros en los que sólo le aviente miradas rencorosas. Fue en uno de estos momentos hostiles en los que me percaté de algo: resultaba que debajo de leer, correr y escribir, habían otras cosas. Aprender alemán, tocar la guitarra, y encontrar un nuevo pasatiempo, eran algunas de las cosas que me estaban haciendo sentir como un gran desertor y que -a modo de venganza- había decidido cuestionar.

¿En serio tenía que aprender a tocar la guitarra cuando ya había tomado dos cursos sin demostrar el menor interés de continuar después de cada uno de ellos? ¿De verdad era urgente aprender alemán cuando nunca había tenido -ni vislumbraba tener en el futuro- curiosidad o acercamiento a la cultura germánica? ¿Realmente necesitaba encontrar otro pasatiempo cuando, no sólo me había tomado veinte años encontrar los que tenía, sino que estaban demostrando ser suficientemente demandantes por sí solos? La respuesta a todas estas preguntas era simple: no. Sin embargo, ahí estaba; exigiéndome cosas que me hacían sentir culpable de no hacerlas, pero que tampoco tenía muchas ganas de empezar.

Me queda claro que somos la generación a la que nos dijeron que podíamos serlo todo. Podemos verlo en la oferta laboral que pasó de ingeniero, maestro y contador, a diseñador de videojuegos, gastrónomo molecular y reseñista de tacos al pastor. Son tantas opciones que la pasión que dedicaríamos a una sola está diluida en cinco que perseguimos al mismo tiempo. Están también esas frases que aparecen en redes sociales más o menos dos veces al día que dicen: “Si puedes soñarlo, puedes hacerlo”, “Lo imposible es lo que no intentas”, y “Cada mañana es una oportunidad”. Al final, son ideas que se ven bien como caption en una selfie de Instagram o como reflexión de media hora en el programa de Toño Esquica, pero cuando las miras de cerca te das cuenta que son una simplificación exagerada de lo que es en verdad soñar. Porque  resulta que -según la RAE- soñar es “anhelar persistentemente algo” y no la facilidad con la que muchos de nosotros mudamos de una cosa que “queremos un chingo” a otra que “ahora sí queremos de verdad”.

Concentrándonos en la definición de la RAE, es la palabra ‘persistentemente’ la que más me llama la atención. Creo con seguridad que un sueño es la esencia de nuestra persona; en él está todo en lo que creemos y todo lo que nos mueve del mundo. Cuando interactuamos con nuestro sueño, estamos interactuando con nosotros mismos. Es por eso que un sueño no puede ser una casualidad porque está impregnado de nuestra historia; no puede haber escritor sin un libro que lo haya obsesionado de pequeño, no puede haber un chef sin una mamá que le haya dejado jugar en la cocina y no puede haber un músico sin un abuelo que le haya regalado su primera guitarra. Porque así como nosotros somos persistentes para buscar que algo se haga realidad, el sueño también es persistente para mantenerse en nuestra cabeza hasta convencernos de que es buena idea dejarlo todo para ir tras él.  Al final, el sueño se aferra a ti con la misma persistencia con la que tú te aferras a él, y es así como la idea de aprender a conjugar schlafen o de tocar “Blackbird” en acústica, se muestran como en verdad son: un interés momentáneo y no un deseo auténtico del alma.

Encontrar uno de esos sueños que te mantendrá ocupado el resto de tu vida puede sonar a una tarea angustiante, pero desde mi punto de vista, basta con exponernos a la vida para que ésta empiece a enamorarnos de ciertas cosas. Al final, somos lo que soñamos, y es nuestra responsabilidad prestar atención a nuestros impulsos y diferenciar lo que es mero interés de aquello a lo que nuestro interior responde. Mi lista de propósitos fallida es un ejemplo de lo engañoso que esto puede llegar a ser, porque incluso cuando lo encuentras, la cabeza encuentra la manera de recomendar rutas que te eviten la misión que significa cumplir el sueño de tu vida. Siendo honestos, no se me ocurre misión más monumental que la de ser puesto a prueba por aquello que más amas. En mi caso, estoy seguro que me dolería mucho menos ser considerado un pésimo guitarrista que un pésimo escritor. Es esa posibilidad de quedarle a deber a tu sueño la que hace que muchos queramos distraernos y darle la espalda, pero la realidad es que siempre vamos a quedar a deber de alguna manera, así que qué mejor que sea haciendo algo que nos importe.

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La infame lista que lo empezó todo.

2017 Stars.

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En vez de publicar mi lista de canciones favoritas del año como en 2015 y 2016, esta vez quise ampliar mi rango para dejarlo en un general “cosas favoritas”. En un año que se caracterizó más por lo desagradable que por lo placentero, uno tuvo que buscar su felicidad en más de un lado, y fueron estos nueve discos, películas, series y eventos, los lugares en los que encontré esa inspiración que por momentos parecía faltarle al mundo real.

1.     “El capítulo que me ahorró el trabajo de descifrar la vida…”

         BoJack Horseman, Time’s Arrow.

Empezamos con la historia de cierto caballo que, de un momento a otro, dejó de ser una crítica cagada al mundo de las celebridades para convertirse en una reflexión acerca de los vicios más oscuros de los seres humanos (¿o los caballohumanos?). Ya nos habíamos chutado muertes, adicciones, traiciones e infidelidades, pero ninguna historia había sido tan desgarradora como la de la madre de BoJack. Esa que nos cuenta el origen de todo y nos dice que el tiempo no es una flecha que avanza en línea recta sino en círculos, y que las cosas que no resolvemos, eventualmente regresan a exigirnos cuentas. Tranquilo, BoJack, estábamos chupando tranquilos…

2.     “El otro capítulo que cubrió tanto en muy poco…”

         Master of None, Thanksgiving.

Otra gran historia fue la de Denise, una chica negra que se sabe lesbiana desde muy joven y tiene que introducir el tema en su familia de mente no tan abierta. Dicha trama daría material para quince capítulos en cualquier otra serie, pero en Master of None lo resuelven en uno solo y es suficiente para ser emotivo, divertido y trágico. Mediante viñetas ubicadas en cenas Acción de Gracias a lo largo de los años, los escritores (la misma actriz que interpreta a Denise, Lena White, y el protagonista de la serie, Aziz Ansari) nos muestran los momentos clave del viaje de la chica para simpatizar con ella y entender su realidad. Para alguien que escribe, saber que una historia bien contada tiene el poder de hacer eso, es motivación suficiente para seguir intentándolo.

3.     “El disco que me hizo maldecir mi vejez…”

         Melodrama, Lorde.

Ningún disco había tratado la fiesta adolescente con tanta dignidad como éste. ¿Mi único problema? Llegó a mi vida diez años tarde cuando soy todo menos adolescente y todos esos problemas que aquí aparecen resueltos con inteligencia, e incluso poesía, los superé a base de chingadazos y decisiones no tan afortunadas. En caso de reencarnar como adolescente, estoy seguro que, habiendo escuchado esta joya de una de las centennial más brillante, todo me saldría mucho mejor.

4.     “El concierto que me hizo agradecer mi vejez…”

         Arcade Fire @Auditorio Nacional.

Si pudiera rankear los momentos que me hicieron sentir viejo este año, en primer lugar estaría haberme sentado en el concierto de Arcade Fire junto a un grupo de amigos en sus cuarentas que tenía un preocupante número de similitudes con el mío. Sin embargo, ver una vez más a esta banda haciendo lo suyo en el escenario, me hizo agradecer tener una relación musical de suficientes año como para que las palabras “someone told me not to cry” me llenen el alma de la manera en que lo hicieron.

5.     “La segunda película que me hizo llorar…”

         Coco, Lee Unkrich.

Algo sucedió con muchos de los mexicanos que vimos en una película de Pixar a una abuelita mexicana amenazar a alguien con su chancla. La representación tan honesta y realista de nuestra cultura, usualmente sobajada y estereotipada internacionalmente, fue una especie de revelación que nos confirmaba lo que más o menos sospechábamos: las historias de aquí pueden inspirar las de otros lados. Más allá de la identificación a nivel personal, la película es hermosa, y así fuera de China (donde, por cierto, es un éxito enorme), ese maldito final también me tendría luchando por aguantar las lágrimas en la sala de cine para fracasar miserablemente.

6.     “La primera película que me hizo llorar…”

         A Monster Calls, J. A. Bayona.

A Monster Calls fue la primera película del año que logró desafiar la teoría de varios de mis amigos que consideran que estoy muerto por dentro. Pues resulta que no. Sólo hizo falta la historia de un niño lidiando con la enfermedad terminal de su mamá contada de forma impecable y filmada de su puta madre para demostrar lo contrario y dejarme hecho una piltrafa en la sala. Así como Coco, esta película también tiene ese final y una gran lección: el proceso para enfrentar realidad nunca es bonito pero siempre es necesario. (Está en Netflix, en caso de que no la hayan visto).

7.     “El mejor detrás de cámaras del año…”

         Stanley Kubrick: La Exposición.

Para alguien que no se dedica al cine, enterarte de cómo se levanta una película desde cero, los cambios en el guión, el actor que se apropió de un personaje y la mente detrás de todo, es una delicia. En este caso, no sólo fue en vivo, sino acerca de clásicos que me marcaron en algún momento de mi vida. Ahí estaba la máquina de escribir de Jack Torrance en El Resplandor, el Óscar por Odisea al Espacio, el modelo del cuartel de Dr. Strangelove, bocetos del arte de Naranja Mecánica, y una sala dedicada a las ideas que Stanley Kubrick dejó sin hacer. Hace mucho que había acordado que este tipo es un genio, pero hasta que salí de esta exposición, dicho adjetivo adquirió un montón de matices más. Bravo a la Cineteca Nacional por montar tremenda exposición.

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Mi hermano y su Odisea al Espacio.

8.     “El disco que espero no sea autobiográfico…”

         MASSEDUCTION, St. Vincent.

Dependencia a los farmacéuticos, deseos suicidas, amores destructivos, familias rotas y pérdida de identidad, son sólo algunos de los temas que Annie Clark toca en este disco. Afortunadamente, toda esa oscuridad vista a través de filtro saintvincentsco nunca se vuelve melodramática ni abrumadora, sino que se siente real, irónica y algo de lo que eventualmente podemos curarnos.

9.     “El video que se ve como el amor se siente…”

         The Gate, Björk.

The greatest thing you’ll ever learn is just to love and be loved in return. Cierta película dijo eso alguna vez, y Björk reinterpretó la idea con su particular lenguaje. Es imposible ignorar el esfuerzo detrás de este video, pero al mismo tiempo uno quiere olvidarse de que fue inventado por alguien y creer que algo así existe, tal cual, en alguna parte del universo.

Digital Love.

Estás repasando en tu celular todos esos mensajes, notas de voz, fotografías, memes, artículos y canciones que has intercambiado con tu pareja en los últimos meses, y tienes un pensamiento horrible. La idea te golpea con su simpleza que incluso te hace sentir ingenuo por no haberte dado cuenta hasta ese momento. Resulta que gran parte de tu relación vive ahí, en ese pequeño artefacto que bien podrías cubrir por completo con tus manos o esconder debajo de una piedra. Todas esas conversaciones, desacuerdos, progresos y revelaciones, dependen de que ingenieros y técnicos alrededor del mundo mantengan una red que siga permitiendo el intercambio de información de un país a otro. Si no lo hicieran, lo más probable es que no tendrías lo que tienes ahora. Tan crudo como suena, le debes tu relación a distancia a un celular con datos.

¿Por qué esta revelación te paraliza de esa manera? Porque no paralizarse significaría creer que la vida en línea es tan auténtica como la real, y todavía no estamos listos para llegar a ese tipo de conclusión. Aún creemos que una carta a mano es más valiosa que un mensaje en un muro, que conocerse en persona es más genuino que hacerlo en Tinder y que una salida a cenar te dejará más que una videollamada. Tiene todo el sentido pensar así. El problema radica cuando miramos a nuestro alrededor y lo único que vemos es justo eso que hicimos menos: videollamadas, matches y muros. ¿Qué hacemos después de darnos cuenta de esto? ¿Aceptamos el hecho de que a partir de ahora nuestras relaciones serán una versión diluida de lo que solían ser? ¿O consideramos la idea de que -tal vez- la tecnología pueda albergar algo de realidad?

Es una idea de la que nadie nos habló y con la que ahora tenemos que lidiar; la posibilidad de que exista comunidad en eso que nos dijeron que era un lugar para recluirnos. La tecnología se nos hizo primero costumbre que sentido, y antes de llegar a un consenso que resolviera el dilema de si sacar un celular en una comida familiar era bueno o malo, ya lo estábamos haciendo y estábamos siendo regañados por ello. Incluso, una amiga me decía que si los adolescentes prefieren pasar más tiempo en su celular que con la gente que tienen enfrente, es porque por primera vez, tienen la opción de conectar con las personas con las que sí quieren estar y no con los que están obligados a hacerlo por mera presencia física. Puede sonar a contradicción, pero parece que para estar más cerca tenemos que “aislarnos”.

Es un hecho que la relación conflictiva con la tecnología va a seguir existiendo, sin embargo, las causas deberían evolucionar al ritmo de ésta. Encontrar y mantener amor a través de ella tendría que dejar de ser un tema de debate como sí tendrían que serlo otros más blackmirrorescos como evaluar a alguien según su popularidad en línea o descargar la conciencia de una persona en una memoria USB. Simplemente se trata de reconocer y darle valor a algo que está pasando en todos lados para impedir que, como me pasó por un instante, la gente crea que lo que tiene vale menos por depender de un código binario. En el momento en el que lo hagamos, nos daremos cuenta que el contenido vale más que el formato, y que con la persona correcta, un “me gustas” se lee tan bien en la zona de DM de una aplicación que sobre arena en una la playa.